Japón, el Imperio del Sol Naciente, un país oriental dueño de una de las culturas más antiguas y ancestrales del mundo, unas islas que se levantaron tras los bombardeos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, una economía elevada a la segunda máxima potencia planetaria… Cúmulo de ciudades reducidas a escombros por el seísmo de una naturaleza, que parece recordarnos su poderío mortal. Es como si sintiera ofendida, infravalorada por un gesto de la sociedad, y decidiera pegar un toque de atención que esta vez, más que un aviso, podría considerarse como castigo. Japón, por su situación geográfica, ha pagado el pato: le ha sacudido el tercer terremoto más fuerte de la historia.
En el otro espacio del globo terráqueo, en occidente, se habla de apocalipsis. Un día después de la catástrofe (quizá un pelín tarde), llegan las primeras imágenes del país nipón junto con las primeras informaciones. Desde las noticias que salen de la redacción se desprende la idea de caos y hecatombe mundial; no obstante, al escuchar y leer declaraciones de paisanos residentes en Japón, se percibe un mensaje sosegado: “no es para tanto, estamos tranquilos”.
Casi un mes después, parece que ha pasado todo. Ahora llega la crisis política y la problemática radiactiva. Mientras, los cimientos del pueblo japonés siguen derruidos. Malditas etiquetas. A veces se creen más verídicas que la soñadora verdad absoluta: “es una civilización orgullosa, cooperativa, capacitada y acostumbrada a superar situaciones adversas”. Puede ser, pero estaría bien que la comunidad internaciona ayudara en algo más que en alertar sobre los índices de radiactividad.
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