miércoles, 6 de abril de 2011

Hay vida más allá de unas prácticas

La licenciatura de periodismo tiene una parte que se corresponde con el Practicum. Podría denominarse “la verdadera asignatura” y no porque el resto de clases que componen una carrera de cinco años no merezcan la pena, sino más bien porque los profesores que imparten esas clases, se presentan el primer día admitiendo: “el periodismo no es una profesión que vayáis a aprender en el aula”, “el periodismo es muy bonito, sobre todo cuando terminas la carrera, ahí es cuando verdaderamente aprendes”. Y así, año tras año, te van dejando la miel en los labios, pensando que lo único que te va a valer, es el esfuerzo que realices una vez entres en el periodismo activo: el periodismo de la libreta y el bolígrafo; el periodismo del que prepara a contrarreloj la información que ha conseguido fuera para que la noticia entre en el número del día siguiente.

¿Y cuándo termine el Practicum o la beca de turno? Si el periodismo ya de por sí es una profesión con “pocas salidas”, más difícil es sobrevivir en los tiempos que corren. Las intranquilidades económicas obligan a la selección de la opción más barata: el becario. Una vez terminado el período, ni el esfuerzo te garantizará la permanencia en el puesto de trabajo. Igualmente, si algo debe de tener el periodista, es versatilidad. La capacidad para tocar muchos palos, posibilidad de trabajar en distintos soportes, manejar idiomas, en fin, cuanto más registros domine el periodista más amplio será su mercado. Ahí sí, el esfuerzo e interés marcarán las diferencias.

Existe un derecho informativo

En la Constitución española existe un derecho de ámbito público. Se trata del derecho a la información y su acceso libre. Un derecho que puede ser recortado por iniciativas como la de The New York Times y The Wall Street Journal que quieren restringir el acceso a su web sin previo pago. Esta decisión viene principalmente marcada por la idea de la desaparición del soporte escrito como medio de comunicación, por lo que las empresas informativas buscan la manera de sacar rentabilidad a su trabajo.

Internet supone un giro brusco en el tratamiento informativo. Ahora, las personas acceden a la prensa y la mayoría de sus contenidos sin pagar por ello, aunque sí pagas un pequeño peaje que nadie tiene en cuenta porque no van a parar al bolsillo de los que redactan el contenido: soporte (ordenador, móvil…), luz y línea de conexión a Internet.

Las empresas de comunicación si cobran por nuestro acceso a la web. Como pasa con la prensa o la televisión, sus rentas vienen por medio de la publicidad. Cada visita a la página del medio en cuestión amplía, según el contrato, el dinero a percibir de las empresas publicitadas.

Sin una restricción absoluta del espacio web, lo conveniente sería, como casi siempre, la tercera vía: pagar por recibir información de segunda necesidad, basada en un tema determinado y con un público objetivo más específico. El problema de esto sería delimitar qué información entra dentro de la primera necesidad y cuál quedaría restringida al pago de la información secundaria.

El sol naciente

Japón, el Imperio del Sol Naciente, un país oriental dueño de una de las culturas más antiguas y ancestrales del mundo, unas islas que se levantaron tras los bombardeos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, una economía elevada a la segunda máxima potencia planetaria… Cúmulo de ciudades reducidas a escombros por el seísmo de una naturaleza, que parece recordarnos su poderío mortal. Es como si sintiera ofendida, infravalorada por un gesto de la sociedad, y decidiera pegar un toque de atención que esta vez, más que un aviso, podría considerarse como castigo. Japón, por su situación geográfica, ha pagado el pato: le ha sacudido el tercer terremoto más fuerte de la historia.

En el otro espacio del globo terráqueo, en occidente, se habla de apocalipsis. Un día después de la catástrofe (quizá un pelín tarde), llegan las primeras imágenes del país nipón junto con las primeras informaciones. Desde las noticias que salen de la redacción se desprende la idea de caos y hecatombe mundial; no obstante, al escuchar y leer declaraciones de paisanos residentes en Japón, se percibe un mensaje sosegado: “no es para tanto, estamos tranquilos”.

Casi un mes después, parece que ha pasado todo. Ahora llega la crisis política y la problemática radiactiva. Mientras, los cimientos del pueblo japonés siguen derruidos. Malditas etiquetas. A veces se creen más verídicas que la soñadora verdad absoluta: “es una civilización orgullosa, cooperativa, capacitada y acostumbrada a superar situaciones adversas”. Puede ser, pero estaría bien que la comunidad internaciona ayudara en algo más que en alertar sobre los índices de radiactividad.

Un nuevo paso por el desarrollo energético

El crecimiento es un factor inherente al ser humano. El desarrollo nunca desaparece. Es un proceso evolutivo de cualquier elemento que sólo termina, cuando aparece otra alternativa que mejora claramente las prestaciones de dicho elemento desarrollado.

Esta introducción marca el camino que debe seguir la producción de energías no renovables. En 1969 se creó la primera central nuclear en España, la central José Cabrera, situada en Guadalajara. Como cualquier ser vivo, a partir de su nacimiento, empezaron a crecer y a reproducirse, construyéndose otras centrales en otros puntos como Almaraz (Cáceres), o Cofrentes (Valencia). Para, en último lugar, morir, confirmando así su ciclo de vida: la central de Guadalajara apagó sus reactores en 2006.

Ahora, tras el desastre de Japón y Fukushima, se han levantado protestas en las puertas de las centrales españolas. Un sector de la población reclama sus cierres, creyendo que su proceso de vida se está aletargando. La electricidad, ese objetivo convertido en escusa del gobierno para su mantenimiento, tiene más productores: las energías renovables. Unas fuentes de energía imperecederas que necesitan un nuevo paso de confianza en su desarrollo que evite su estancamiento como alternativa energética.